“Si paran de robar por un par de años se arregla todo”. Palabras más, palabras menos, fue lo que expresó años atrás un dirigente del gremio gastronómico devenido en político, fuerza de choque, operador, consultor y ex presidente de un club de fútbol.
Fue, en verdad, una frase histórica. De esas que, rescatadas para la posteridad, sirven para prestigiar o al menos para popularizar a su autor. Pero la pronunció Barrionuevo (Luis) y, entonces, sirvió para algo distinto: para la ironía, el tono zumbón, hasta la ridiculización. Y todo porque perteneció a un personaje tan controvertido como cambiante y no demasiado creíble por sus frecuentes mutaciones.
Sin embargo, a nadie le quedó duda alguna sobre el acierto de Barrionuevo aunque pudiera no coincidirse en el plazo (dos años). No introducir la mano con sus respectivos dedos en la famosa lata para llevarse lo que no es de uno, lo de los demás. Eso, aprovechándose de las facilidades que otorga, u ofrece, el poder, determinados cargos.
Lo concreto es que la corrupción -que nació con la sociedad- es cosa de todos los días y todos los oficios.
Es como si se hubiese hecho carne aquello de Discepolín “el que no llora no mama y el que no afana es un gil”. Se nota, con tanto político y funcionario que anda suelto haciendo de las suyas. De esos que no pueden considerarse como de raza, precisamente. Y que se ocupan de enriquecerse ilícitamente en un par de años. Los nuevos ricos que en su soberbia e imbecilidad no se sonrojan, todo lo contrario, mostrando, poniendo en la vidriera, lo que se llevaron impunemente de la lata que no les pertenece. Es que perdieron los escrúpulos. Los perdieron rápidamente. Una vez que descubrieron con qué facilidad se puede uno enriquecer sin méritos ni esfuerzo alguno.
Barrionuevo no inventó nada. Sabía de qué hablaba. No desconocía los procedimientos utilizados por sus colegas. Los mismos que sirvieron para que aquí y ahora funcionarios y políticos hayan perdido credibilidad y alimentado la indiferencia general, en especial la de los jóvenes que, ni siquiera, los miran con desprecio. Nada de eso, los ignoran. Y ellos, políticos y funcionarios, no se dan cuenta. O hacen como si no se dieran cuenta. Y siguen prometiendo y prometiendo. Lo posible y lo imposible.
Lo cierto es que no se trata de una cuestión de plazos. De lo que sí se trata es de actuar con honestidad en la función pública, donde las acechanzas y las tentaciones son frecuentes. Mucho más que en el sector privado porque también son mayores las ventajas y posibilidades.
Tampoco debería menearse tanto lo de la honestidad. Que no es otra cosa que una obligación. De la que no deberían despojarse, como se despojan, los corruptos. Ni emplearse, como la emplean, como si se tratara de un mérito o un título honorífico.
El ejemplo debe venir desde arriba. Desde el poder. En todas sus dimensiones. Para que se deje de robar. Y para que se inhabilite, condene, descalifique, separe a los que hacen lo que no se debe hacer y, encima, nos toman el pelo y nos introducen las manos en los bolsillos.
Todo no se va a arreglar. Pero se arreglará mucho si lo paramos. Porque ellos, por las suyas, ni piensan.
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